·
Esta noche hablare de ti y hablare de mí.
No hay escenario, no hay ni tiempo ni apuros. Nos hemos mirado toda la noche; tú, desde un rincón mientras bailabas; yo, desde la barra practicando la indiferencia. Un sitio pequeño repleto de humos de todo tipo. Todo de negro, lóbrego que produce claustrofobia. Una tenue luz carmesí ilumina las cortinas de terciopelo rojo que ocultan encuentros amorosos. Sexo. Tu cuerpo se mueve al ritmo de la música, movimientos precisos para llamar mi atención. Pretendes que no te vea, intentas concentrarte en lo que dice el sujeto que tienes en frente, pero tu mente ha comenzado a jugar con la mía. Me has entregado tus pensamientos; el permiso excepcional para que sea yo y sólo yo quien te produzca placer. Te miro lascivamente, como mi presa de esta noche. Mis ojos se posan en ti y te declaran mi nueva víctima; tú, sumisa ante tal decisión te entregas por completo. Desde ese momento me perteneces. Dejo mi copa sobre la barra y me meto en la pista, comenzando a bailar. Mi cuerpo se siente caliente, un exquisito ardor recorre mis entrañas y mi corazón me advierte que está fuera de control. Mis manos recorren sutilmente mi cuerpo, lo rozan con delicadeza a lo que respondo con pequeños temblores de satisfacción. Mi cabeza da vueltas una y otra vez, mi cabello despeinado se pega en mi frente sudorosa. Cierro los ojos para sentir mejor, para sentirte sólo un poco más cerca. Unas manos se enredan en mi cintura, capturándola. Abro los ojos despacio, sin mucho asombro, y tu rostro se aparece frente a mí. Me susurras palabras al oído que no puedo comprender, a pesar de aquello tu voz suena preciosa. Me deleito escuchando; aterciopelada, cálida, excitante. Poco a poco me acerco hasta tu cuello, lo rozo con mi respiración hasta llegar a tu oreja. La lamo con precaución, la muerdo lentamente hasta que reaparece la posición de presa y cazador. Mis brazos se cruzan por tu nuca y con la punta de mi lengua jugueteo con tus finos labios. Sonríes, complacida. Sonríes, seduciéndome, provocándome. Todo mi cuerpo se adormece, volviéndose torpe e inútil. Tu cuerpo se mueve al ritmo del mío, parece que nos conocernos bien, parece que compartimos incluso la temperatura corporal. Sentir tu piel tibia, observar tus ojos cerrados y tu cabeza inclinada levemente hacia atrás provoca que, inconcientemente, muerda mi labio inferior. Finalmente mis manos se cruzan por tu cabello, mientras mi boca parece devorar la tuya. El beso cobra gran velocidad y mi lengua comienza rápidamente a mezclarse con la tuya. Te presiono más contra mí, te presiono por si te escapas, por si intentas huir. Mis uñas se entierran en tu espalda, las clavo con fuerza en un perfecto arañazo. Cada vez te beso más fuerte, ahogándome con cada beso. No doy ni tiempos ni pausas, sólo me entrego en la furia de mi propio deseo. Encantada, desbocada, enloquecida.
Aquella noche fuiste el amor de mi vida, mi amante, la mujerzuela que me dio un buen sexo. Esa noche fuiste. Y hoy no eres nada.
·
viernes, 29 de julio de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)




No hay comentarios:
Publicar un comentario