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¿Cuánto fue necesario para quedar así? Sentada en las frías baldosas del baño, tomé una toalla para limpiarme la boca. No tenía noción del tiempo, pero el cantar de las aves y la transparencia de la cortina me hicieron pensar que ya era de madrugada. La noche anterior fue de esas que no quieres recordar nunca más, pero las nauseas y el dolor de cabeza te hacen meditar sobre lo que hiciste, y desear, sin duda alguna, que un camión te pase por encima. Me levanté del suelo apoyándome sobre la tina. Me miré al espejo y grande fue mi sorpresa al ver mi rostro tan demacrado. Tanto tiempo, tanto esfuerzo, sacrificarme día a día para no volver a caer, y un día bastó, una prueba en el camino, para que me rindiera ante todo lo anterior.
Enjuagué mi boca, lavé mi rostro y humedecí mi cabello. El olor a alcohol me perseguía, y a comparación de otras veces, hoy me parecía absolutamente repugnante. A penas estuve en mi cuarto, me tiré sobre la cama colocando una almohada sobre mi cabeza. No recuerdo cuanto tiempo estuve así, pero sólo me atreví a moverme cuando el sonido de mi despertador estaba por volverme loca. Casi arrastrándome, llegué hasta él y lo apagué de un solo golpe. Una vez que estuve un poco más despierta, fui hasta la cocina por un vaso de agua. Todo era un desastre, como siempre. Ni siquiera logré encontrar un vaso, muchos de ellos estaban repartidos en el suelo, el resto, rotos en el basurero.
Coloqué mi cabeza bajo la llave y tomé directamente de ésta. Sentía la boca seca, una sed de quien no toma agua por un mes, y ese maldito dolor de cabeza que no pretendía dejarme en paz. Mirando todo a mi alrededor, mi vista se quedó fija en mi cartera. Estaba sobre la mesa, junto a la carta de Sofía, mi hija. Mis ojos se quedaron quietos, sin siquiera parpadear; una botella se había caído sobre las cosas mojándolas por completo. Corrí hasta la mesa, pero no noté que el piso también estaba empapado de licor. Resbalé y caí junto a las sillas, golpeándome la cabeza con una de ellas. Alcé mi mano para recoger su regalo, pero al intentar abrirlo, lo rompí en dos pedazos. El alcohol las había pegado, y ahora no sólo estaba roto, sino que era imposible de leer. Lo único que logré rescatar fue el dibujo que estaba dentro. Una casa grande, un perro junto a ella, Sofía y su padre tomándola de la mano. Toqué aquella imagen con la yema de mis dedos, mientras las lágrimas caían por sí solas humedeciendo aún más el papel.
Recordé la primera carta de Sofía, sus primeros dibujos, todos sus poemas. Lo lindo de abrazarla, arroparla cada vez se que iba a dormir. Acariciarle el cabello mientras le leía un cuento, besarle la frente cuando sus ojos se hubiese cerrado, y observarla, una vez más, admirando su belleza. Pero el tiempo pasa, y soy incapaz de ponerme en pie. Mi hija es lo más lindo de mi vida, por lo único que vale la pena vivir. Pero no es suficiente, ni por ella soy capaz de cambiar. Aquel pensamiento me destroza el corazón, me hiere de tal modo que no lo digo, no lo repito, ni siquiera me atrevo a pensar.
Ella crece cada vez más y su madre no la puede acompañar. ¿De qué me perdí? ¿Ya me odiará? Tantas veces intenté tantas cosas, cosas que jamás pude terminar. Disculparme tampoco estaba dentro de mi diccionario. Rogar por su perdón sería reconocer lo que no quiero ver, lo que me niego a aceptar. Maravilloso sería tenerla cerca, sentirme bien, no dañarla ni con la mirada, pero yo… ¿Cómo funciono yo?
Desvío la mirada de aquel dibujo. A mi lado había una pila de botellas, todas vacías. En los bordes había rastros de pintura, en el resto de la botella las marcas de mis dedos. Las lágrimas que caían de mis ojos desaparecieron para dar lugar a un llanto desgarrador. Recogí las piernas y hundí mi rostro en ellas, mientras las abrazaba. Me golpeé la cabeza contra las rodillas, mordí mis manos para evitar gritar, y sin pensarlo un segundo más, comencé a tirar contra la pared todas las botellas que estuviesen a mi alrededor.
Me levanté rápidamente y arrastré todas las cosas que seguían sobre la mesa, en la cocina, en los sillones. Sentía rabia, angustia, y bastaron sólo unos segundos para que comenzara a desesperarme cada vez más. Lanzaba lo más lejos que podía cualquier cosa que se encontrara en mi camino, y sólo me detuve cuando una botella rota se enterró en mi brazo. Corrí hasta el baño para limpiar la herida, si había algo que no podía soportar, era el olor de mi propia sangre. Intenté detenerla amarrando una toalla en mi brazo, aproveché de tomar agua, mojarme nuevamente la cara, tratar de no pensar en el olor, en el dolor…
El timbre de la puerta consiguió sacarme de mis cavilaciones. Pensé, quizás, que se trataba de algún vecino molesto por el ruido. Abrí la puerta bruscamente, estaba lista para gritarle lo primero que viniera a mi mente, cuando bajo el umbral de ésta veo a Eduardo, el padre de mi hija.
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El teléfono comenzó a sonar. Me hallaba en mi cama, la cabeza me daba vueltas, y no tenía idea de cómo llegué allí. Levanté el auricular, dejando caer el resto del teléfono.
- ¿Estás lista? – Dijo Eduardo, con un tono violento, fuerte.
- ¿Lista para qué?
- ¿No lo recuerdas? ¿Tan poco te importa?
- ¿Recordar qué?
- Sofía… hoy es el día, hoy se casa tu hija.
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