.
Era vieja, muy vieja. De baja estatura, cuerpo redondo, rostro y manos regordetes. Su pelo corto y rizado era de un fuerte color rojizo, y esos grandes ojos negros, grandes y penetrantes. El maquillaje esparcido de mala forma sobre su cara hacía notar aún más sus arrugas. Una línea inclinada ligeramente hacia abajo era su boca, pintada de rubí. Todo en ella era una expresión agonizante. Como si hubiese demasiado dolor.
En su mano sostenía un cigarrillo. Esa mezcla de perfume barato con tabaco fuerte provocaba rechazo en cualquiera. Caminaba como pisando piedras, nadie sabía si eran los años o tal vez un accidente que la dejó así: coja.
Vestía siempre blusones largos y anchos, de colores extravagantes, fuertes, llamativos. En esa ocasión llevaba uno de leopardo. Y abajo una falda negra. Sencilla.
En ella se distinguía el deterioro, la destrucción de una mujer. Su cuerpo había sido utilizado muchas veces, tantas que perdió la cuenta. Su cara parecía retener todos los sentimientos, como su fiel carta de presentación. Actuó su vida entera pero aquellos ojos no sabían mentir. Sus ojos jamás lograron engañar.
Ya estaba llegando al lugar. Se sentía vieja, muy vieja. Y luego de andar a la velocidad del reloj era tiempo de echar tiempo atrás.
Le gustaba pensar que era el resultado del azar. Una santa que la vida convirtió en cortesana, una mujer que vivió la vida equivocada..
La hora había llegado. Suspiro, mientras se sentaba en el confesionario.
(#)
martes, 21 de diciembre de 2010
Tomo lo que encuentro
.
Ella tan sensual, con su vestido corto y escote provocador. Sus ojos negros, sus labios carnosos resaltados con rush. Toda de roja, muy sexy de rojo.
Caminaba con ligereza y a la vez con brutalidad. Su cuerpo parecía torcerse al caminar, parecía no encajar. Introducía una de sus manos en su larga cabellera, desordenándola. Mordía sus labios, jugaba con su lengua. Provocaba
Lentamente se sacó el vestido, comenzó a desnudarse hasta quedar en ropa interior. Se detuvo frente a un vidrio y miró fijamente a través de él. Se acercó y muy despacio empezó a bajar. Suavemente deslizó sus manos por él. Miraba sin siquiera pestañear, mientras deslizaba las tiras del corpiño por su hombro. Jugaba, seducía, profanaba toda ingenuidad en su mirada. Una de sus manos bajó por su calzón. Gemía del placer. Un viaje de satisfacción, deleitando y deleitándose.
De pronto la música paró. Luciana marco sus labios sobre el vidrio, se levantó y con toda tranquilidad se fue.
Dejaron de pagar. Se acabó el show.
(#)
Ella tan sensual, con su vestido corto y escote provocador. Sus ojos negros, sus labios carnosos resaltados con rush. Toda de roja, muy sexy de rojo.
Caminaba con ligereza y a la vez con brutalidad. Su cuerpo parecía torcerse al caminar, parecía no encajar. Introducía una de sus manos en su larga cabellera, desordenándola. Mordía sus labios, jugaba con su lengua. Provocaba
Lentamente se sacó el vestido, comenzó a desnudarse hasta quedar en ropa interior. Se detuvo frente a un vidrio y miró fijamente a través de él. Se acercó y muy despacio empezó a bajar. Suavemente deslizó sus manos por él. Miraba sin siquiera pestañear, mientras deslizaba las tiras del corpiño por su hombro. Jugaba, seducía, profanaba toda ingenuidad en su mirada. Una de sus manos bajó por su calzón. Gemía del placer. Un viaje de satisfacción, deleitando y deleitándose.
De pronto la música paró. Luciana marco sus labios sobre el vidrio, se levantó y con toda tranquilidad se fue.
Dejaron de pagar. Se acabó el show.
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Infiel a los sentimientos
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El engaño, la traición. Debe ser un tipo de capacidad...
La ingratitud, la deslealtad. Tal vez hay algo, o quizás alguien, que roce los límites del placer con esta acción.
Falsía, maquinación. Pero a decir verdad es más que una acción, no es sólo engañar.
Es destruir relaciones, ignorar sentimientos. Romper con la confianza. Y desmoronar ese castillo... ese castillo que todos llevamos dentro. El que construimos día a día, con esfuerzo y paciencia. Ese castillo que nos hace fuertes, nos vuelve poderosos y que, de un momento a otro, alguien lo empuja por el borde. El borde de algo...
Y todos podemos decir muchas cosas. Todos podemos ver su "lado positivo". Pero no nos hagamos los webones.
Traicionar a alguien nos hace sentir mal. Pero cuando alguien, literalmente, te caga en tu cara...
Dios, ten piedad.
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El engaño, la traición. Debe ser un tipo de capacidad...
La ingratitud, la deslealtad. Tal vez hay algo, o quizás alguien, que roce los límites del placer con esta acción.
Falsía, maquinación. Pero a decir verdad es más que una acción, no es sólo engañar.
Es destruir relaciones, ignorar sentimientos. Romper con la confianza. Y desmoronar ese castillo... ese castillo que todos llevamos dentro. El que construimos día a día, con esfuerzo y paciencia. Ese castillo que nos hace fuertes, nos vuelve poderosos y que, de un momento a otro, alguien lo empuja por el borde. El borde de algo...
Y todos podemos decir muchas cosas. Todos podemos ver su "lado positivo". Pero no nos hagamos los webones.
Traicionar a alguien nos hace sentir mal. Pero cuando alguien, literalmente, te caga en tu cara...
Dios, ten piedad.
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Clermont y Annabel
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Los dos bajaron la vista. Lo sabían.
Clermont y Annabel se encontraban sentados sobre un sucio colchón tirado en el piso. Una canción sonaba a lo lejos. Era el departamento de Clermont; se encontraba en un barrio viejo con gente aún más vieja. Era amplio y luminoso. Tenía ventanas en cada pared, y un pequeño balcón en el salón principal. Clermont no poseía muchos muebles: el colchón donde dormía, una pequeña mesa de madera para comer y algunas tazas y platos junto a la pequeña cocinilla que se encontraba en un rincón. Un baño y se acababa el recorrido por el lugar. Pero a Clermont le gustaba, allí nunca nadie lo molestaba.
Annabel era su novia. Llevaban cerca de cuatro años juntos, aunque no siempre podían decir lo mismo. Su relación era como cualquier otra de dos adolescente. Ella recién cumplía los veinte años cuando Clermont llegaba a los treinta. Pero ellos vivían la vida. Vivían la relación más que pensarla, pero nunca nadie se quejo de aquello. Jamás. Solían salir juntos, ir a fiestas o reuniones con amigos. Aunque decir amigos sería mentir, la mayor parte del tiempo estaban con gente que ni conocían. Era una época de distorsión absoluta. Todo muy confuso, todo muy extraño, la gente disfrutaba el límite de las cosas y esta pareja no era la excepción. Clermont decía que Annabel era su novia, pero eso no le impedía despertar con una chica diferente cada mañana. Extrañamente Annabel jamás protestó, parecía divertirse demasiado con esta relación y esas cosas simplemente las dejaba pasar. Nada la alcanzaba, nada lograba atormentarla. Sus amigos (los pocos) decían que entre ellos no había amor, sólo entretención y sexo. Ellos nunca lo negaron. Pero a diferencia de Clermont, Annabel siempre fue fiel. Muchas veces llegaba temprano en la mañana con el desayuno en una bolsa para él, pero a penas abría la puerta se encontraba a su novio con dos mujeres a su lado desnudas sobre el colchón. Esto pasó más de una vez, muchas veces más, pero ella siempre tenía la misma reacción. Los miraba durante largos minutos, en las chicas prácticamente no se fijaba, pero con él era distinto. Lo veía dormir y sentía que no podía pedir más. Lo miraba incluso con cierta admiración, con un deseo más allá de lo sexual. Lo veía deseándolo, lo veía como recogiendo imágenes para luego armar su cuento perfecto en su cabeza. Miraba hasta aburrirse y finalmente se retiraba del lugar.
Muchos de sus amigos (de los pocos que tenían) también pensaban que ella estaba demasiado enamorada. Y que él… de él no se pensaba. Clermont era alto y delgado hasta los huesos, solía vestir siempre harapos de colores extravagantes. Un pantalón oscuro y una camisa de colores chillones. Tenía una melena rubia que caía sobre su fino rostro. Su piel blanca y sus ojos verdes captaban siempre la atención de las chicas (y no sólo chicas). Sus labios eran grandes y de un suave color rosa, su nariz era larga y respingada, no masculina ni muy femenina. Sus mejillas parecían haber desaparecido, parecían hundirse en ese rostro huesudo. Las chicas lo adoraban, más aún su voz. Tenía un timbre especial, un registro difícil de encontrar. Fina, delicada, aterciopelada.
Annabel era distinta. De menor estatura que él y de contextura más gruesa. A pesar de eso era delgada, vestía siempre pantalones anchos y remeras ajustadas. Su figura era exquisita, muchas curvas por todos lados. Acostumbraba a llevar pañuelos en su cuello, o alguno quizás sobre su cabello. Tenía un pelo frondoso de un suave castaño, largo y ondulado que caía hasta su cintura. Su rostro era ordinario, pero precioso.
Clermont era ese tipo de hombre indiferente, distante. Annabel era de las que creía que lo podía cambiar. Nunca caminaban de la mano como dos enamorados por la plaza principal, él no le compraba un algodón dulce y ella no sonreía tímidamente. Entre los dos no había besos dulces, caricias repletas de ternura, miradas que hablan, que predican amor. No.
Él se pasaba el día componiendo canciones en su departamento con algunos amigos, Annabel leía mucho. Le gustaba leer. Y cuando ya el calor del verano disminuía, aprovechaban el viento fresco para ir a pasear. Ella le pedía un algodón dulce y el se negaba, ella se tiraba sobre él y rodaban varios metros por el pasto. Cuando Annabel conseguía sacar algunas monedas del bolsillo de Clermont y conseguía su objetivo, él le hundía el rostro en el algodón dulce. Ambos reían horas y horas. Clermont la molestaba por todo, ella lo golpeaba y el también le devolvía el golpe. Se descalificaban, pero reían de eso, reían de todo. A veces se tomaban del brazo y caminaban hasta el anochecer.
Pero un día como cualquier nada de esto volvió a ser como antes. Clermont no salía, y lentamente empezó a enfermar. Adelgazó aún más, su rostro parecía desaparecer. Su cuerpo se debilitó de tal forma que caminar se volvió una tortura. Y la fiebre, la maldita fiebre, las sudoraciones nocturnas que no lo dejaban en paz. Todos pensaban en una gripe severa, pero era algo más. Algo que Clermont parecía ocultar aún sin siquiera saber.
Un día Annabel llegó al mediodía, llevaba el almuerzo y unos libros por si Clermont estaba ocupado. Pero no, ese día estaba solo. Clermont se encontraba sentado en el colchón, mirando por la ventana, sudando como todos los días y temblando de frío.
- ¿Todavía mal? – Preguntó ella, tímidamente.
- Así parece – Dijo él, forzando una sonrisa.
- ¿Seguro no quieres ir al médico?
- Muy seguro
- Puede empeorar
- Lo sé
- Me preocupa
- También lo sé – Volvió a sonreír.
Annabel dejó la bolsa sobre la mesa y se sentó sobre el colchón tomando una de sus manos; ardía en fiebre. Estaba tan frágil que se notaban sus huesos, sus pequeños huesos.
Los dos bajaron la vista. Lo sabían.
(#)
Los dos bajaron la vista. Lo sabían.
Clermont y Annabel se encontraban sentados sobre un sucio colchón tirado en el piso. Una canción sonaba a lo lejos. Era el departamento de Clermont; se encontraba en un barrio viejo con gente aún más vieja. Era amplio y luminoso. Tenía ventanas en cada pared, y un pequeño balcón en el salón principal. Clermont no poseía muchos muebles: el colchón donde dormía, una pequeña mesa de madera para comer y algunas tazas y platos junto a la pequeña cocinilla que se encontraba en un rincón. Un baño y se acababa el recorrido por el lugar. Pero a Clermont le gustaba, allí nunca nadie lo molestaba.
Annabel era su novia. Llevaban cerca de cuatro años juntos, aunque no siempre podían decir lo mismo. Su relación era como cualquier otra de dos adolescente. Ella recién cumplía los veinte años cuando Clermont llegaba a los treinta. Pero ellos vivían la vida. Vivían la relación más que pensarla, pero nunca nadie se quejo de aquello. Jamás. Solían salir juntos, ir a fiestas o reuniones con amigos. Aunque decir amigos sería mentir, la mayor parte del tiempo estaban con gente que ni conocían. Era una época de distorsión absoluta. Todo muy confuso, todo muy extraño, la gente disfrutaba el límite de las cosas y esta pareja no era la excepción. Clermont decía que Annabel era su novia, pero eso no le impedía despertar con una chica diferente cada mañana. Extrañamente Annabel jamás protestó, parecía divertirse demasiado con esta relación y esas cosas simplemente las dejaba pasar. Nada la alcanzaba, nada lograba atormentarla. Sus amigos (los pocos) decían que entre ellos no había amor, sólo entretención y sexo. Ellos nunca lo negaron. Pero a diferencia de Clermont, Annabel siempre fue fiel. Muchas veces llegaba temprano en la mañana con el desayuno en una bolsa para él, pero a penas abría la puerta se encontraba a su novio con dos mujeres a su lado desnudas sobre el colchón. Esto pasó más de una vez, muchas veces más, pero ella siempre tenía la misma reacción. Los miraba durante largos minutos, en las chicas prácticamente no se fijaba, pero con él era distinto. Lo veía dormir y sentía que no podía pedir más. Lo miraba incluso con cierta admiración, con un deseo más allá de lo sexual. Lo veía deseándolo, lo veía como recogiendo imágenes para luego armar su cuento perfecto en su cabeza. Miraba hasta aburrirse y finalmente se retiraba del lugar.
Muchos de sus amigos (de los pocos que tenían) también pensaban que ella estaba demasiado enamorada. Y que él… de él no se pensaba. Clermont era alto y delgado hasta los huesos, solía vestir siempre harapos de colores extravagantes. Un pantalón oscuro y una camisa de colores chillones. Tenía una melena rubia que caía sobre su fino rostro. Su piel blanca y sus ojos verdes captaban siempre la atención de las chicas (y no sólo chicas). Sus labios eran grandes y de un suave color rosa, su nariz era larga y respingada, no masculina ni muy femenina. Sus mejillas parecían haber desaparecido, parecían hundirse en ese rostro huesudo. Las chicas lo adoraban, más aún su voz. Tenía un timbre especial, un registro difícil de encontrar. Fina, delicada, aterciopelada.
Annabel era distinta. De menor estatura que él y de contextura más gruesa. A pesar de eso era delgada, vestía siempre pantalones anchos y remeras ajustadas. Su figura era exquisita, muchas curvas por todos lados. Acostumbraba a llevar pañuelos en su cuello, o alguno quizás sobre su cabello. Tenía un pelo frondoso de un suave castaño, largo y ondulado que caía hasta su cintura. Su rostro era ordinario, pero precioso.
Clermont era ese tipo de hombre indiferente, distante. Annabel era de las que creía que lo podía cambiar. Nunca caminaban de la mano como dos enamorados por la plaza principal, él no le compraba un algodón dulce y ella no sonreía tímidamente. Entre los dos no había besos dulces, caricias repletas de ternura, miradas que hablan, que predican amor. No.
Él se pasaba el día componiendo canciones en su departamento con algunos amigos, Annabel leía mucho. Le gustaba leer. Y cuando ya el calor del verano disminuía, aprovechaban el viento fresco para ir a pasear. Ella le pedía un algodón dulce y el se negaba, ella se tiraba sobre él y rodaban varios metros por el pasto. Cuando Annabel conseguía sacar algunas monedas del bolsillo de Clermont y conseguía su objetivo, él le hundía el rostro en el algodón dulce. Ambos reían horas y horas. Clermont la molestaba por todo, ella lo golpeaba y el también le devolvía el golpe. Se descalificaban, pero reían de eso, reían de todo. A veces se tomaban del brazo y caminaban hasta el anochecer.
Pero un día como cualquier nada de esto volvió a ser como antes. Clermont no salía, y lentamente empezó a enfermar. Adelgazó aún más, su rostro parecía desaparecer. Su cuerpo se debilitó de tal forma que caminar se volvió una tortura. Y la fiebre, la maldita fiebre, las sudoraciones nocturnas que no lo dejaban en paz. Todos pensaban en una gripe severa, pero era algo más. Algo que Clermont parecía ocultar aún sin siquiera saber.
Un día Annabel llegó al mediodía, llevaba el almuerzo y unos libros por si Clermont estaba ocupado. Pero no, ese día estaba solo. Clermont se encontraba sentado en el colchón, mirando por la ventana, sudando como todos los días y temblando de frío.
- ¿Todavía mal? – Preguntó ella, tímidamente.
- Así parece – Dijo él, forzando una sonrisa.
- ¿Seguro no quieres ir al médico?
- Muy seguro
- Puede empeorar
- Lo sé
- Me preocupa
- También lo sé – Volvió a sonreír.
Annabel dejó la bolsa sobre la mesa y se sentó sobre el colchón tomando una de sus manos; ardía en fiebre. Estaba tan frágil que se notaban sus huesos, sus pequeños huesos.
Los dos bajaron la vista. Lo sabían.
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Cenicienta
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La fiesta recién comenzaba. Julie se hallaba sentada en una de las tantas mesas. Jugaba con la copa de vino, la tercera que tomaba. Miraba sin pestañear la pista de baile. Rodrigo se hallaba allí, y como de costumbre, bailaba con otra chica. Era un tipo apuesto; alto, delgado, su piel era blanca, su cabello oscuro y sus ojos verdes. Reía despreocupadamente, mientras intentaba conquistar a la chica que tenía a su lado. Ella era normal. Demasiado como para querer detallar.
Julie miraba a la pareja sin perderse ningún detalle. Los gestos de Rodrigo, la expresión de su rostro, cada uno de sus movimientos. Él abrazaba a la chica por la cintura, se acercaba cada vez más a sus labios, pero no lo conseguía. Aunque Julie lo sabía, era cosa de segundos. De pronto escuchó sonar su celular.
- Hola Gabriel – Dice ella.
- ¿Cómo está mi chica preferida?
- Como era de suponer
- ¿Muy aburrida?
- Algo así
- Deberías soltar de una vez por todas esa copa de vino, con alcohol eres peligrosa – Dijo el chico, riendo.
- Maldito chistoso, y tú… ¿Cómo sabes que tomo vino?
- Porque te imagino, te imagino a cada segundo. Te veo ahí con tu polera ajustada y esos pantalones de cuero negro que me gustan tanto. Tu pelo suelto cayendo seductoramente sobre tu rostro y tus manos balancear la copa de vino, la tercera sino me equivoco – Julie sonrió mientras miraba hacia todos lados - Seguramente has estado jugando con tus dedos un buen rato, te miras las uñas y piensas “diablos, debí pintarlas”, pero ya es tarde, porque no te queda nada mejor que hacer que mirar a tu ex novio bailar con otra chica
- ¿Dónde estás Gabriel?
- De pronto te levantas de la silla con un movimiento exquisito, preguntándote donde estoy, buscándome en cada rincón. ¿Acaso Dios ha oído tus plegarias? ¿Acaso tu ángel Gabriel vino a salvarte? Y entonces, de repente, la multitud se aparta. – Julie lo ve de pie junto a una mesa, con el teléfono en la mano – Y ahí está él, elegante, con ese estilo tan particular, radiante de carisma y curiosamente está al teléfono. Pero en fin, tu también.
Gabriel se acerca a Julie, la toma de la cintura y comienza a moverse lentamente. Ella, sin entender del todo la situación, sigue sus movimientos. Gabriel le susurra el oído.
- Y este apuesto joven que en estos momentos te abraza, no logra disimular lo homosexual que es, como lo son la mayoría de los hombres solteros a esa edad, te entregas a él y piensas “Que mierda, la vida sigue. Mejor pasarla bien” – Julie sonrió mientras sus ojos se llenaron de lágrimas. Gabriel logró atrapar una con la punta de sus dedos – Quizás no habrá besos, mejor ni hablar de sexo, pero nadie nos quitara esto. Te amo, soy tu mejor amigo, y siempre estaré para salvarte.
Entraron lentamente a la pista de baile. Bailaron, rieron, disfrutaron de la compañía del otro. Y por primera vez Julie no volvió a pensar en Rodrigo.
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La fiesta recién comenzaba. Julie se hallaba sentada en una de las tantas mesas. Jugaba con la copa de vino, la tercera que tomaba. Miraba sin pestañear la pista de baile. Rodrigo se hallaba allí, y como de costumbre, bailaba con otra chica. Era un tipo apuesto; alto, delgado, su piel era blanca, su cabello oscuro y sus ojos verdes. Reía despreocupadamente, mientras intentaba conquistar a la chica que tenía a su lado. Ella era normal. Demasiado como para querer detallar.
Julie miraba a la pareja sin perderse ningún detalle. Los gestos de Rodrigo, la expresión de su rostro, cada uno de sus movimientos. Él abrazaba a la chica por la cintura, se acercaba cada vez más a sus labios, pero no lo conseguía. Aunque Julie lo sabía, era cosa de segundos. De pronto escuchó sonar su celular.
- Hola Gabriel – Dice ella.
- ¿Cómo está mi chica preferida?
- Como era de suponer
- ¿Muy aburrida?
- Algo así
- Deberías soltar de una vez por todas esa copa de vino, con alcohol eres peligrosa – Dijo el chico, riendo.
- Maldito chistoso, y tú… ¿Cómo sabes que tomo vino?
- Porque te imagino, te imagino a cada segundo. Te veo ahí con tu polera ajustada y esos pantalones de cuero negro que me gustan tanto. Tu pelo suelto cayendo seductoramente sobre tu rostro y tus manos balancear la copa de vino, la tercera sino me equivoco – Julie sonrió mientras miraba hacia todos lados - Seguramente has estado jugando con tus dedos un buen rato, te miras las uñas y piensas “diablos, debí pintarlas”, pero ya es tarde, porque no te queda nada mejor que hacer que mirar a tu ex novio bailar con otra chica
- ¿Dónde estás Gabriel?
- De pronto te levantas de la silla con un movimiento exquisito, preguntándote donde estoy, buscándome en cada rincón. ¿Acaso Dios ha oído tus plegarias? ¿Acaso tu ángel Gabriel vino a salvarte? Y entonces, de repente, la multitud se aparta. – Julie lo ve de pie junto a una mesa, con el teléfono en la mano – Y ahí está él, elegante, con ese estilo tan particular, radiante de carisma y curiosamente está al teléfono. Pero en fin, tu también.
Gabriel se acerca a Julie, la toma de la cintura y comienza a moverse lentamente. Ella, sin entender del todo la situación, sigue sus movimientos. Gabriel le susurra el oído.
- Y este apuesto joven que en estos momentos te abraza, no logra disimular lo homosexual que es, como lo son la mayoría de los hombres solteros a esa edad, te entregas a él y piensas “Que mierda, la vida sigue. Mejor pasarla bien” – Julie sonrió mientras sus ojos se llenaron de lágrimas. Gabriel logró atrapar una con la punta de sus dedos – Quizás no habrá besos, mejor ni hablar de sexo, pero nadie nos quitara esto. Te amo, soy tu mejor amigo, y siempre estaré para salvarte.
Entraron lentamente a la pista de baile. Bailaron, rieron, disfrutaron de la compañía del otro. Y por primera vez Julie no volvió a pensar en Rodrigo.
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