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No supe cómo llegué allí, pero me encontraba bajando por una estrecha escalera en forma de espiral. No necesité llevar mis manos a mis ojos; se abrían y cerraban como dos luces intermitentes. Un grupo de gente se hallaba reunida frente a lo que parecía ser un escenario. Mujeres moviéndose con gran frenesí; algunas con cuerpos semi desnudos, otras con ropajes ajustados. Sin embargo todas estaban perfectamente maquilladas; pestañas postizas, colorete en las mejillas, labios aumentados con colores fuertes y peinados de dos o tres pisos. Sus zapatos de tacones danzaban al ritmo de la música. Sus brazos se serpenteaban cómo el suave aleteo de un ave, pero esta vez cargado de erotismo. Un enano se encontraba en la entrada, vestido de traje y con bastón en mano, los invitaba a lo que sería el gran show. Las mujeres de cuerpos más gruesos y exuberantes pechos se encargaban de atender las mesas de los distinguidos señores, mientras el resto bailaba alrededor. Sobre el escenario una banda: hombres vestidos de mujeres, con pelucas, relleno y mallas de colores. Al centro un espacio vacío.
Me dirigí hacía las primeras mesas y tomé asiento frente al escenario. El lugar se volvió penumbras y una tenue luz dorada iluminó el centro del escenario. Nadie sabía su nombre, pero todos conocían su cuerpo. Su nombre lo escogía el comprador. Su menudo cuerpo, de armoniosas curvas; les dejaba a otras la vulgaridad. Su nívea piel, tan brillante y tan suave. Ese collar de perlas que alguna vez alguien lamió. Un traje negro, ajustado, dejando sólo sus muslos al descubierto. Y sus cabellos rojizos, cayendo sobre sus hombros y deslizándose por su espalda. Se movían al ritmo de su cuerpo, al ritmo lento que le daba esa apariencia elegante. Su rostro era, en definitiva, el rostro de todas. El rostro de la puta mentirosa, el rostro de la traicionera que se ofrece al mejor postor.
Mis pies, moviéndose por sí solos, avanzaron temerosos. Me detuve bajo su cuerpo, mis ojos fijos bajo sus ojos. Del fondo salió un bailarín y rápidamente la tomó con fuerza, entre sus brazos y con sus sucios dedos le arrancó las perlas de su cuello. Una a una cayeron sobre mi rostro, golpeándome, golpeándome cientos de veces. Sus brazos rodearon el cuello de él, sus piernas se mezclaron brutalmente con las suyas. Su boca; grande, carnosa y de color rubí, ahora no era su boca sino la de él. Manchada, obscena, indecente. La boca de adán.
Grité con desesperación, pero la música opacó cualquier sonido. Y sonó tan fuerte, cada vez más fuerte. Los gritos salieron de mi garganta, de mi estómago, de mi corazón. Grité para captar su atención; pero ella no escuchaba. Él la tenía y ella no escuchaba. Le ordené sacara las manos de su cuerpo. Le imploré que sus ojos ya no vieran los de él. Lloré, descontroladamente, porque su boca no tocara la de otro. Hasta que de pronto, la música paró. Y ella, en el suelo, me miró con aquella expresión indescifrable.
Con un solo grito, largo y eterno, dije: “¡Ella es mía!”.
Una lágrima resbaló por su mejilla. Y yo le dije: mentirosa, mentirosa, puta mentirosa. De mi bolsillo saqué todo el dinero y lo lancé con fuerza hacia su rostro. Es una mentirosa, una simple mentirosa. Porque ella me pertenecía, porque yo le escogí un nombre. Como una fotografía, nadie se movió a mí alrededor. Y no había música, ni gente bailando, ni colores ni alegrías.
Caminé rápido, mis piernas cada vez cobraban más velocidad. Corrí para salir del lugar, corrí empujando todo en mi camino. Abrí las puertas de par en par y salí de ese maldito lugar. Corrí sin rumbo fijo, mientras me alejé del puterío, del cabaret “Averno”.
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lunes, 19 de septiembre de 2011
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