miércoles, 28 de octubre de 2009

Confesiones.

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Ella sentada en su sillón, un cuaderno sobre sus piernas y bolígrafo en mano. Me miraba con esa mirada tan suya, tan extraña y completamente ajena a mí. Como quien mira analizándote, de una manera fría y objetiva, tratando de descubrir la razón de mi presencia en ese lugar. Sus ojos, fijos en mí, no sólo demostraban interés en el problema, sino también una fuerte e indudable pena.


Yo, en cambio, miraba el vacío. Parecía distraída con todo lo que me rodeaba. El techo, la lámpara que colgaba de él; las paredes blancas que más que un lugar acogedor, me recordaban un hospital; las cortinas, sucias y desgastadas, donde apenas lograba entrar un rayo de luz; los sillones, que rompían con la poco armoniosa decoración del lugar. Y ese bolígrafo que movía sin cesar, como si me invitara a hablar, como si quisiera arrancar cualquier información de mí, parecía esperar impacientemente que dijera lo que tanto le interesaba saber, lo que tanto quería escribir.


Mis ojos, que recorrían una y otra vez la pequeña habitación, poco a poco se fueron llenando de lágrimas. Apreté el cojín que tenía sobre mis piernas. Me negaba a llorar. Comencé a enterrar con fuerza las uñas en mis manos, dolía, claro que dolía, pero no más que aquello que me negaba a decir. Intenté hablar sobre una cosa, luego sobre otra, pero sólo conseguí balbucear algunas palabras. Sentía la boca seca, con mucha dificultad intente tragar mi propia saliva, y casi pude ver el gesto de dolor en mi rostro cuando sentí el gran nudo en mi garganta. La sensación de que algo había ahí, algo que no podía sacar, que presionaba no sólo mi garganta, sino que humedecía mis ojos cada vez más, y yo sin querer llorar, y yo sin poder hablar, y mis manos marcadas por mis uñas… hasta que por fin, un leve y repentino dolor de cabeza provocó que todo se estremeciera a mi alrededor.


Apoyé mi cabeza contra el respaldo del sillón, cerré los ojos e intente no pensar. Quería dormir, pero qué raro… ya parecía estar dormida. ¿Acaso me desmayé? – Pensé, mientras deseaba con todas mis fuerzas que así fuera. No escuchaba nada, ni a nadie. Muy lentamente una capa negra cubrió mis ojos, como si hubiesen apagado la luz. Todo parecía estar muy lejos de mí, o yo parecía alejarme de todo.


Una mano rozó mi mejilla. Aquella extraña calidez comenzó a recorrer mi cuerpo, me sentí abrazada por una sensación de profundo bienestar. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, mientras adoptaba una posición fetal.



Y pensé: “Sí, al despertar, volveré a comerte un crimen…”










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El encuentro.

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La desesperación de un encuentro. La locura que produce el roce de nuestros cuerpos. Entramos rápidamente a la habitación, somos algo torpes, no conocemos el lugar; vamos chocando con todo, botamos algunas cosas, rompemos otras, todo es un completo desastre a nuestro alrededor.

Presionas mi cuerpo contra una pared. Tu mano, impaciente por tocar algo de piel, va subiendo casi tan rápido como mi temperatura. El deseo nos desborda por completo. Demasiado, definitivamente esperamos demasiado por esto. Y ahora que estamos aquí, tú junto a mí, yo junto a ti, resulta un mar de sentimientos, una pasión desenfrenada, un amor más allá de una simple expresión.

Los besos van adquiriendo cada vez más fuerza. No pareces tú, no parezco yo. Llega el momento en que ya no puedo pensar más. El miedo, aquel que estaba siempre tan presente en mí, por primera vez, dejó de existir. Sólo quiero disfrutar del momento, disfrutar de ti.

Mi mente queda en blanco, mi corazón se acelera al ritmo de tus movimientos, mi cuerpo sólo responde al tuyo, sólo responde a tus besos, tus palabras, tus caricias…

Me tomas de la cintura y nos dirigimos hacia la cama. Sin separarte de mí, me empujas suavemente hasta que caigo entre las sabanas. Me miras, y me pregunto cómo lo haces. Cómo me miras de aquella forma, tan dulce, tan amable, aun con el deseo que parece escaparse de tus manos. Eso nunca lo olvidaré.

Yo, callada, inmóvil, me dejo guiar por ti. Esto parece un sueño, uno del que no quisiera despertar jamás. El sentir tu aroma impregnarse en mi piel, hace que la mía arda de puro placer. Pero es así como siempre te quise, conmigo, en mí.

El momento es tan bello como perfecto; cada cosa se vuelve infinitamente espléndida mientras estás a mi lado.

Nos vamos calmando. Me acomodo sobre tu pecho mientras te beso delicadamente el cuello. Me acerco a tu oído mientras te digo lo más importante, todo lo que siento por ti…

Te amo… eres todo para mí.










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Sentimientos.

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Confusos, perturbadores, silenciosos, destructivos.

La angustia de una felicidad incompleta, efímera, que depende de lo que depende. El castillo que con tanto esfuerzo construyo día tras día, se desmorona con tu sola presencia.



Y debo volver a como era en un comienzo, volver a dibujar mi felicidad, colorearla con mis colores preferidos.




Y ver pasar los días, inventándome una sonrisa, mientras espero que llegue el momento en donde tu corazón y el mío, ya no sean dos desconocidos.






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martes, 27 de octubre de 2009

La sorpresa.

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El frío de aquella tarde me hizo despertar. Aún seguía algo aturdida, mareada, el cuerpo pesaba más de lo normal, mientras todo a mi alrededor seguía dando vueltas. Como pude, me deslicé por la cama hasta caer al suelo. Me quedé un momento ahí, inmóvil, detenida en el tiempo. Sin tener plena conciencia de lo que había ocurrido la noche anterior, sentía los ojos hinchados, que parecían quemarse con el pequeño rayo de luz que entraba por la ventana. Afirmándome de la cama, logré levantarme y dirigirme hacia el baño. Mi rostro daba lastima. El pelo desarreglado, los ojos enrojecidos, resto de pintura negra sobre mis mejillas y los labios partidos. Me toqué la cara asegurándome que todo eso era real.

Abrí la llave del agua caliente, y vi como poco a poco comenzó a llenarse la tina. Sumergí mi mano formando pequeñas olas, meciéndolas una a una, acariciando el agua. Una vez llena, me despojé de mi ropa y entré en ella. Qué sensación más placentera. El agua caliente parecía ir calándose por mis huesos, desataba los nudos, masajeaba mis músculos. Una especie de alivio, tranquilidad y relajación profunda se apoderó de mí. Cerré los ojos intentando inmortalizar este momento. Muy despacio, fui descendiendo hasta que mi rostro quedó bajo el agua. Intentaba ahogar las ideas, cualquier tipo de pensamiento que hubiese quedado de ayer. Al cabo de unos minutos, mis pulmones me rogaban un poco de oxígeno. Salí raudamente del agua, mi respiración estaba entrecortada, mi corazón latía incluso hasta en mi cabeza, mientras que el resto del cuerpo temblaba a causa del frío.

Ya una vez afuera, y con la toalla rodeándome el cuerpo, me dirigí nuevamente a mi habitación. Tardé horas en arreglarme. Busqué mi mejor vestido, los mejores zapatos, saqué algunas de mis joyas y todo quedó perfecto luego de haber acabado con el maquillaje. Tomé mi cartera, un abrigo, y me acerqué por última vez al espejo. Fue inevitable pensar lo extraña que me veía. “Esta no soy yo” – pensaba, y con esto quería convencerme a mi misma que todo era una gran mentira. Aquel reflejo sólo provocó que la angustia se apoderara una vez más de mí.

Salí tan rápido como mis piernas me lo permitieron. Había llegado la hora. No me podía arrepentir…


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Eran cerca de las 10 de la noche. El automóvil me dejó en la puerta del bar. Entré como tantas personas lo hicieron, calmada, tranquila. El temor de hace un momento se transformó en una profunda ansiedad. Haber esperado tanto tiempo de seguro no fue en vano y confiaba que todo saldría según lo planeado.

Me senté en la barra, pedí lo de siempre, y comencé a observar a la gente bailar. Más de algún hombre interesado se acercaba a mi lado, ofreciéndome un trago, invitándome a bailar. Yo, con mi rostro frío e inexpresivo, ese semblante tan rígido, mis ojos impenetrables, armonizados con la línea tensa que se dibujaba en mi boca, conseguía alejar a cada hombre que se me acercara.

Tardó casi una hora, hasta que por fin lo vi cruzar esa puerta. Fue casi imposible disimular mi sorpresa al verlo llegar con alguien más. Pensé, quizás, que el plan no saldría como quería. Pero ya era tarde, estaba todo listo, tan solo había que terminar.

La mujer que entró con él, seguramente de su misma edad, lo besó apasionadamente. Mi espalda se comenzó a arquear; mis puños se apretaban con fuerza, me sentía agitada, nerviosa, inquieta, totalmente desesperada. Dejé caer el vaso que tenía entre las manos, me levanté de forma involuntaria y caminé hacía él. De pronto, algo me detuvo en seco. Aquella joven tomaba su bolso, apresurándose para ir al baño. Una sensación nueva me invadió. Sabía que ese sería el momento, no había más. Estaba nerviosa, insegura, me sentía como si estuviese colgando de un hilo, pero esas ganas…. aquel profundo deseo de querer continuar era lo que me mantenía en pie.

Tomé mi cartera y con mis manos fui tocándola para asegurarme de que todo seguía allí. Tratando de mantener la calma, y esconder un poco la debilidad de mis piernas, me dirigí rumbo a su mesa. Me senté a su lado, dedicándole una dulce sonrisa.

- “Sorpresa”


De una forma que nunca antes sentí, el gozo de observar su cara desfigurarse provocó una sensación poderosa en mí. Irrumpió de forma violenta, comenzó a trazar un recorrido por mi cuerpo, dominándome por completo.

Sus ojos se salieron de sus orbitas, la boca entreabierta le daba un toque aún más tétrico a la situación, su espalda pegada a la silla, mientras sus manos la afirmaban con fuerza, me demostraban, una vez más, que nunca me pudo olvidar.

Saqué de mi cartera un pañuelo de seda rojo, lo acomodé sobre mis piernas, mientras lo destapaba suavemente, saboreando cada segundo. Dentro de él se encontraba un arma. Mi preferida.

- Sí ¡Adivinaste! Esta noche, volveré a matar…











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El paso del tiempo.



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¿Cuánto fue necesario para quedar así? Sentada en las frías baldosas del baño, tomé una toalla para limpiarme la boca. No tenía noción del tiempo, pero el cantar de las aves y la transparencia de la cortina me hicieron pensar que ya era de madrugada. La noche anterior fue de esas que no quieres recordar nunca más, pero las nauseas y el dolor de cabeza te hacen meditar sobre lo que hiciste, y desear, sin duda alguna, que un camión te pase por encima. Me levanté del suelo apoyándome sobre la tina. Me miré al espejo y grande fue mi sorpresa al ver mi rostro tan demacrado. Tanto tiempo, tanto esfuerzo, sacrificarme día a día para no volver a caer, y un día bastó, una prueba en el camino, para que me rindiera ante todo lo anterior.

Enjuagué mi boca, lavé mi rostro y humedecí mi cabello. El olor a alcohol me perseguía, y a comparación de otras veces, hoy me parecía absolutamente repugnante. A penas estuve en mi cuarto, me tiré sobre la cama colocando una almohada sobre mi cabeza. No recuerdo cuanto tiempo estuve así, pero sólo me atreví a moverme cuando el sonido de mi despertador estaba por volverme loca. Casi arrastrándome, llegué hasta él y lo apagué de un solo golpe. Una vez que estuve un poco más despierta, fui hasta la cocina por un vaso de agua. Todo era un desastre, como siempre. Ni siquiera logré encontrar un vaso, muchos de ellos estaban repartidos en el suelo, el resto, rotos en el basurero.

Coloqué mi cabeza bajo la llave y tomé directamente de ésta. Sentía la boca seca, una sed de quien no toma agua por un mes, y ese maldito dolor de cabeza que no pretendía dejarme en paz. Mirando todo a mi alrededor, mi vista se quedó fija en mi cartera. Estaba sobre la mesa, junto a la carta de Sofía, mi hija. Mis ojos se quedaron quietos, sin siquiera parpadear; una botella se había caído sobre las cosas mojándolas por completo. Corrí hasta la mesa, pero no noté que el piso también estaba empapado de licor. Resbalé y caí junto a las sillas, golpeándome la cabeza con una de ellas. Alcé mi mano para recoger su regalo, pero al intentar abrirlo, lo rompí en dos pedazos. El alcohol las había pegado, y ahora no sólo estaba roto, sino que era imposible de leer. Lo único que logré rescatar fue el dibujo que estaba dentro. Una casa grande, un perro junto a ella, Sofía y su padre tomándola de la mano. Toqué aquella imagen con la yema de mis dedos, mientras las lágrimas caían por sí solas humedeciendo aún más el papel.

Recordé la primera carta de Sofía, sus primeros dibujos, todos sus poemas. Lo lindo de abrazarla, arroparla cada vez se que iba a dormir. Acariciarle el cabello mientras le leía un cuento, besarle la frente cuando sus ojos se hubiese cerrado, y observarla, una vez más, admirando su belleza. Pero el tiempo pasa, y soy incapaz de ponerme en pie. Mi hija es lo más lindo de mi vida, por lo único que vale la pena vivir. Pero no es suficiente, ni por ella soy capaz de cambiar. Aquel pensamiento me destroza el corazón, me hiere de tal modo que no lo digo, no lo repito, ni siquiera me atrevo a pensar.

Ella crece cada vez más y su madre no la puede acompañar. ¿De qué me perdí? ¿Ya me odiará? Tantas veces intenté tantas cosas, cosas que jamás pude terminar. Disculparme tampoco estaba dentro de mi diccionario. Rogar por su perdón sería reconocer lo que no quiero ver, lo que me niego a aceptar. Maravilloso sería tenerla cerca, sentirme bien, no dañarla ni con la mirada, pero yo… ¿Cómo funciono yo?

Desvío la mirada de aquel dibujo. A mi lado había una pila de botellas, todas vacías. En los bordes había rastros de pintura, en el resto de la botella las marcas de mis dedos. Las lágrimas que caían de mis ojos desaparecieron para dar lugar a un llanto desgarrador. Recogí las piernas y hundí mi rostro en ellas, mientras las abrazaba. Me golpeé la cabeza contra las rodillas, mordí mis manos para evitar gritar, y sin pensarlo un segundo más, comencé a tirar contra la pared todas las botellas que estuviesen a mi alrededor.

Me levanté rápidamente y arrastré todas las cosas que seguían sobre la mesa, en la cocina, en los sillones. Sentía rabia, angustia, y bastaron sólo unos segundos para que comenzara a desesperarme cada vez más. Lanzaba lo más lejos que podía cualquier cosa que se encontrara en mi camino, y sólo me detuve cuando una botella rota se enterró en mi brazo. Corrí hasta el baño para limpiar la herida, si había algo que no podía soportar, era el olor de mi propia sangre. Intenté detenerla amarrando una toalla en mi brazo, aproveché de tomar agua, mojarme nuevamente la cara, tratar de no pensar en el olor, en el dolor…

El timbre de la puerta consiguió sacarme de mis cavilaciones. Pensé, quizás, que se trataba de algún vecino molesto por el ruido. Abrí la puerta bruscamente, estaba lista para gritarle lo primero que viniera a mi mente, cuando bajo el umbral de ésta veo a Eduardo, el padre de mi hija.





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El teléfono comenzó a sonar. Me hallaba en mi cama, la cabeza me daba vueltas, y no tenía idea de cómo llegué allí. Levanté el auricular, dejando caer el resto del teléfono.


- ¿Estás lista? – Dijo Eduardo, con un tono violento, fuerte.
- ¿Lista para qué?
- ¿No lo recuerdas? ¿Tan poco te importa?
- ¿Recordar qué?
- Sofía… hoy es el día, hoy se casa tu hija.






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