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Ella sentada en su sillón, un cuaderno sobre sus piernas y bolígrafo en mano. Me miraba con esa mirada tan suya, tan extraña y completamente ajena a mí. Como quien mira analizándote, de una manera fría y objetiva, tratando de descubrir la razón de mi presencia en ese lugar. Sus ojos, fijos en mí, no sólo demostraban interés en el problema, sino también una fuerte e indudable pena.
Yo, en cambio, miraba el vacío. Parecía distraída con todo lo que me rodeaba. El techo, la lámpara que colgaba de él; las paredes blancas que más que un lugar acogedor, me recordaban un hospital; las cortinas, sucias y desgastadas, donde apenas lograba entrar un rayo de luz; los sillones, que rompían con la poco armoniosa decoración del lugar. Y ese bolígrafo que movía sin cesar, como si me invitara a hablar, como si quisiera arrancar cualquier información de mí, parecía esperar impacientemente que dijera lo que tanto le interesaba saber, lo que tanto quería escribir.
Mis ojos, que recorrían una y otra vez la pequeña habitación, poco a poco se fueron llenando de lágrimas. Apreté el cojín que tenía sobre mis piernas. Me negaba a llorar. Comencé a enterrar con fuerza las uñas en mis manos, dolía, claro que dolía, pero no más que aquello que me negaba a decir. Intenté hablar sobre una cosa, luego sobre otra, pero sólo conseguí balbucear algunas palabras. Sentía la boca seca, con mucha dificultad intente tragar mi propia saliva, y casi pude ver el gesto de dolor en mi rostro cuando sentí el gran nudo en mi garganta. La sensación de que algo había ahí, algo que no podía sacar, que presionaba no sólo mi garganta, sino que humedecía mis ojos cada vez más, y yo sin querer llorar, y yo sin poder hablar, y mis manos marcadas por mis uñas… hasta que por fin, un leve y repentino dolor de cabeza provocó que todo se estremeciera a mi alrededor.
Apoyé mi cabeza contra el respaldo del sillón, cerré los ojos e intente no pensar. Quería dormir, pero qué raro… ya parecía estar dormida. ¿Acaso me desmayé? – Pensé, mientras deseaba con todas mis fuerzas que así fuera. No escuchaba nada, ni a nadie. Muy lentamente una capa negra cubrió mis ojos, como si hubiesen apagado la luz. Todo parecía estar muy lejos de mí, o yo parecía alejarme de todo.
Una mano rozó mi mejilla. Aquella extraña calidez comenzó a recorrer mi cuerpo, me sentí abrazada por una sensación de profundo bienestar. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, mientras adoptaba una posición fetal.
Y pensé: “Sí, al despertar, volveré a comerte un crimen…”
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