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Era vieja, muy vieja. De baja estatura, cuerpo redondo, rostro y manos regordetes. Su pelo corto y rizado era de un fuerte color rojizo, y esos grandes ojos negros, grandes y penetrantes. El maquillaje esparcido de mala forma sobre su cara hacía notar aún más sus arrugas. Una línea inclinada ligeramente hacia abajo era su boca, pintada de rubí. Todo en ella era una expresión agonizante. Como si hubiese demasiado dolor.
En su mano sostenía un cigarrillo. Esa mezcla de perfume barato con tabaco fuerte provocaba rechazo en cualquiera. Caminaba como pisando piedras, nadie sabía si eran los años o tal vez un accidente que la dejó así: coja.
Vestía siempre blusones largos y anchos, de colores extravagantes, fuertes, llamativos. En esa ocasión llevaba uno de leopardo. Y abajo una falda negra. Sencilla.
En ella se distinguía el deterioro, la destrucción de una mujer. Su cuerpo había sido utilizado muchas veces, tantas que perdió la cuenta. Su cara parecía retener todos los sentimientos, como su fiel carta de presentación. Actuó su vida entera pero aquellos ojos no sabían mentir. Sus ojos jamás lograron engañar.
Ya estaba llegando al lugar. Se sentía vieja, muy vieja. Y luego de andar a la velocidad del reloj era tiempo de echar tiempo atrás.
Le gustaba pensar que era el resultado del azar. Una santa que la vida convirtió en cortesana, una mujer que vivió la vida equivocada..
La hora había llegado. Suspiro, mientras se sentaba en el confesionario.
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