*
Estaba triste, tan triste como se puede estar. Salió y tomó asiento en la acera; los autos, la gente, producían sonidos del ir y venir de la vida. Pero él no escuchaba nada, Lunes estaba cerrado.
Extrañaba a Martes, extrañaba despertar a su lado las noches de invierno, sentir su aroma, ver los detalles de su rostro, oír su voz y nada más que su voz. Alzar los brazos y sentir a Martes, pero por única vez sin tener que pensar en Miércoles.
Esa voz sensual, aterciopelada. Aquel cuerpo exquisito, deslumbrante; la suave piel que sus manos conocían tan bien; besar cada rincón que llevaba su nombre. Pero Miércoles ahora tenía otro aroma, otro cuerpo, otra boca con otros besos. Miércoles dejó de ser Miércoles desde que se entregó a Jueves.
Y allí comenzó el juego brutal, insolente, de ser otro para no ser él mismo. Cambiar de vida y jugar a la felicidad, mientras Lunes se hacía mil pedazos. Y todas las mentiras que se juntan y todo el daño que está hecho; consumen, devoran, conspiran en su contra.
Viernes, Sábado y Domingo completan la última escena; llegan al consuelo. A ese momento solemne de juntar pieza por pieza y construir otro Lunes. Armar el rompecabezas del delirio, del dolor, del d...
Pero Lunes ya no está. Se pueden juntar sus partes pero Lunes se fue, murió, no está. Y es así como Lunes llora sin consuelo. Lunes se arranca el corazón con las manos. Lunes se encuentra herido y Lunes vuelve a llorar. Lunes sostiene su corazón roto y lo guarda en su zapato. Lunes lo pisa sin descanso hasta finalmente olvidarse de él.
Lunes se sienta en la acera contraria a la felicidad. Se sienta, pero esta vez a esperar.
*
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)




No hay comentarios:
Publicar un comentario