martes, 27 de octubre de 2009

La sorpresa.

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El frío de aquella tarde me hizo despertar. Aún seguía algo aturdida, mareada, el cuerpo pesaba más de lo normal, mientras todo a mi alrededor seguía dando vueltas. Como pude, me deslicé por la cama hasta caer al suelo. Me quedé un momento ahí, inmóvil, detenida en el tiempo. Sin tener plena conciencia de lo que había ocurrido la noche anterior, sentía los ojos hinchados, que parecían quemarse con el pequeño rayo de luz que entraba por la ventana. Afirmándome de la cama, logré levantarme y dirigirme hacia el baño. Mi rostro daba lastima. El pelo desarreglado, los ojos enrojecidos, resto de pintura negra sobre mis mejillas y los labios partidos. Me toqué la cara asegurándome que todo eso era real.

Abrí la llave del agua caliente, y vi como poco a poco comenzó a llenarse la tina. Sumergí mi mano formando pequeñas olas, meciéndolas una a una, acariciando el agua. Una vez llena, me despojé de mi ropa y entré en ella. Qué sensación más placentera. El agua caliente parecía ir calándose por mis huesos, desataba los nudos, masajeaba mis músculos. Una especie de alivio, tranquilidad y relajación profunda se apoderó de mí. Cerré los ojos intentando inmortalizar este momento. Muy despacio, fui descendiendo hasta que mi rostro quedó bajo el agua. Intentaba ahogar las ideas, cualquier tipo de pensamiento que hubiese quedado de ayer. Al cabo de unos minutos, mis pulmones me rogaban un poco de oxígeno. Salí raudamente del agua, mi respiración estaba entrecortada, mi corazón latía incluso hasta en mi cabeza, mientras que el resto del cuerpo temblaba a causa del frío.

Ya una vez afuera, y con la toalla rodeándome el cuerpo, me dirigí nuevamente a mi habitación. Tardé horas en arreglarme. Busqué mi mejor vestido, los mejores zapatos, saqué algunas de mis joyas y todo quedó perfecto luego de haber acabado con el maquillaje. Tomé mi cartera, un abrigo, y me acerqué por última vez al espejo. Fue inevitable pensar lo extraña que me veía. “Esta no soy yo” – pensaba, y con esto quería convencerme a mi misma que todo era una gran mentira. Aquel reflejo sólo provocó que la angustia se apoderara una vez más de mí.

Salí tan rápido como mis piernas me lo permitieron. Había llegado la hora. No me podía arrepentir…


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Eran cerca de las 10 de la noche. El automóvil me dejó en la puerta del bar. Entré como tantas personas lo hicieron, calmada, tranquila. El temor de hace un momento se transformó en una profunda ansiedad. Haber esperado tanto tiempo de seguro no fue en vano y confiaba que todo saldría según lo planeado.

Me senté en la barra, pedí lo de siempre, y comencé a observar a la gente bailar. Más de algún hombre interesado se acercaba a mi lado, ofreciéndome un trago, invitándome a bailar. Yo, con mi rostro frío e inexpresivo, ese semblante tan rígido, mis ojos impenetrables, armonizados con la línea tensa que se dibujaba en mi boca, conseguía alejar a cada hombre que se me acercara.

Tardó casi una hora, hasta que por fin lo vi cruzar esa puerta. Fue casi imposible disimular mi sorpresa al verlo llegar con alguien más. Pensé, quizás, que el plan no saldría como quería. Pero ya era tarde, estaba todo listo, tan solo había que terminar.

La mujer que entró con él, seguramente de su misma edad, lo besó apasionadamente. Mi espalda se comenzó a arquear; mis puños se apretaban con fuerza, me sentía agitada, nerviosa, inquieta, totalmente desesperada. Dejé caer el vaso que tenía entre las manos, me levanté de forma involuntaria y caminé hacía él. De pronto, algo me detuvo en seco. Aquella joven tomaba su bolso, apresurándose para ir al baño. Una sensación nueva me invadió. Sabía que ese sería el momento, no había más. Estaba nerviosa, insegura, me sentía como si estuviese colgando de un hilo, pero esas ganas…. aquel profundo deseo de querer continuar era lo que me mantenía en pie.

Tomé mi cartera y con mis manos fui tocándola para asegurarme de que todo seguía allí. Tratando de mantener la calma, y esconder un poco la debilidad de mis piernas, me dirigí rumbo a su mesa. Me senté a su lado, dedicándole una dulce sonrisa.

- “Sorpresa”


De una forma que nunca antes sentí, el gozo de observar su cara desfigurarse provocó una sensación poderosa en mí. Irrumpió de forma violenta, comenzó a trazar un recorrido por mi cuerpo, dominándome por completo.

Sus ojos se salieron de sus orbitas, la boca entreabierta le daba un toque aún más tétrico a la situación, su espalda pegada a la silla, mientras sus manos la afirmaban con fuerza, me demostraban, una vez más, que nunca me pudo olvidar.

Saqué de mi cartera un pañuelo de seda rojo, lo acomodé sobre mis piernas, mientras lo destapaba suavemente, saboreando cada segundo. Dentro de él se encontraba un arma. Mi preferida.

- Sí ¡Adivinaste! Esta noche, volveré a matar…











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1 comentario:

  1. Felicidades por el nuevo blog!! ^w^
    Espero leer muchas mas historias por aca *o*
    Y tb ojala algun dia subas el final de una q me pasaste y me dejo re intrigadaa!! aaaahh no me olvidooo @@!

    Te amo ·w·

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