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Me levanté en plena noche y bajé por un oscuro espiral, las escarpadas escaleras me llevaban a un lugar nunca antes visto. Movimientos frenéticos, plumas y colores, un piano de fondo. Mujeres con espesas capaz de maquillaje, colorete en las mejillas, pestañas postizas de negro y azul y los labios aumentados con colores fuertes. Pies desnudos, muslos al descubierto, brazos serpenteándose como el suave aleteo de un ave, sólo que esta vez cargado de erotismo. Las mujeres de exuberantes pechos se acercaban hacia mi mesa, se lanzaban sobre mí y reían a carcajadas, en el delirio de la excitación. El humo invadía el lugar, la insoportable radiación de las luces eléctricas me enceguecía. De pronto, al final del salón, el tumulto de gente se abrió por la mitad, como si se estuviese separando el mar. Por el piso se avecinó una llama de fuego, y sobre ésta caminó el mismísimo diablo. Se acercó a mí para acabar susurrándome algo al oído. Desperté.
Miré el reloj de la mesita de noche, era la hora justa. Me di una ducha rápida, me apliqué la misma loción barata de siempre pero esta vez saqué del closet mi mejor ropa. Un traje de lino color perla, y una corbata mal combinada. No necesitaba más. Me aseguré de tener lo suficiente en la billetera y salí de la casa. Tomé el primer taxi que apareció.
Le dije al taxista la dirección con un molesto temblor en la voz que delataba mis nervios. El hombre sonrió y me miró a través del espejo retrovisor, luego de un par de miradas cómplices se aventuró a decir “tenga cuidado, esas son las más peligrosas” y meneando la cabeza de extremo a extremo me confirmó su desaprobación. Me sentí patético. Pero más pronto de lo que pensé llegamos al lugar. Bajé del auto con paso lento, tímido. Saqué un papel del bolsillo de la chaqueta, era la dirección correcta. Toqué el timbre una vez, dos, a la tercera alguien respondió. “¿Quién es?”, “Yo, Alberto” contesté. Una mujer de baja estatura, rechoncha, con el cabello rizado y la cara extremadamente maquillada me miraba de pies a cabeza. Su rostro era intenso, amargo. Con el cigarrillo en las manos, y los ojos entre abiertos y cerrados por tanta pintura hizo una mueca de lo que comprendí como un rechazo. “Entra, apúrate antes que te vean”.
Mis ojos recorrieron el lugar en pocos minutos, nada parecía ser como mi sueño. Una casona vieja, cayéndose a pedazos; las paredes mal pintadas despedían un olor a humedad, olor casi imperceptible si se hablaba del que provenía de las habitaciones. Un hombre muy afeminado o una mujer con rostro de hombre estaba al fondo tocando el piano. Vestido de lentejuelas y una peluca mal puesta tocaba animado las teclas para ambientar el lugar. Mientras lograba retener las imágenes en mi cabeza la misma mujer de la entrada se acercó de la mano de una joven. Aquella chica era diferente a todas las demás. La mayoría, demasiado viejas para el oficio, parecían flores usadas, marchitas. Pero ella no. Su piel lozana enseñaba su corta edad; llevaba puesto un vestido corto que se ceñía a su cuerpo; un pañuelo rodeaba su cuello, mucho más blanco si se comparaba con su rostro. Aún cuando el maquillaje parecía hacer demasiado ruido en tanta perfección, se veía espléndida. Su cuerpo dibujaba armoniosas curvas, dejándoles a otras la vulgaridad. Sus grandes ojos negros me miraban sin pestañear, sin embargo no parecían decir nada. Todo su cuerpo parecía ser cómplice del silencio.
“Esta es la mejorcita que hay, la más cara también.” La voz de la veterana no pareció alcanzarme, seguía perdido en aquella muchacha. “Otro más que cayó, ¡bienvenido a la casa de putas!” y soltó una carcajada tan fuerte que retumbó por varios segundos en mis oídos.
La joven se acercó hasta quedar frente a mí, casi sentía rozar su nariz con la mía, su aliento embriagador sobre mi rostro. “Martina – me dijo con una suave voz – hoy seré la tuya”. Sonreí complacido. Este era el infierno, y yo acababa de firmar un nuevo pacto con el diablo.
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